La Sociedad de los Poetas Muertos

Por: Piedad Bonnett

La muerte de los poetas, por importantes que éstos sean, apenas si son registradas por la prensa colombiana. Acaba de suceder con Antonio Cisneros, una de las voces más originales e imprescindibles de la poesía peruana: sólo dos periódicos nacionales dieron cuenta de ella en notas muy breves.

Afortunadamente su amigo Ricardo Bada se ocupó de hacerle un homenaje ocho días después en este diario —uno de los pocos que le abre un espacio a la poesía—. Pero si hacemos recuento de los poetas latinoamericanos desaparecidos en los últimos años —José Watanabe, Blanca Varela, Eugenio Montejo—, todos de primer orden, vemos lo mismo: su obra no existe para los medios y a menudo tampoco para las revistas o suplementos culturales. Pero, además, no es frecuente que se recuerde a nuestros poetas a partir de las fechas de nacimiento y muerte, y las reseñas de poesía son casi inexistentes. Tengo la impresión de que no sucede lo mismo cuando se trata de narradores, historiadores o artistas plásticos con obras relevantes.

Es verdad que los poetas, una vez consolidada en nuestras sociedades la mentalidad burguesa —pragmática y acumuladora—, perdimos el aura: eso ya lo dijo hace más de un siglo Baudelaire, haciendo ver también que, paradójicamente y por fortuna, esa pérdida nos ha permitido ser más independientes. Pero, ¿y la poesía? ¿Podría interpretarse ese desinterés de los medios como un indicio de que no ocupa sino un pobre rincón en nuestra cultura? El panorama no parecería, a simple vista, tan desolado: en Colombia hay festivales, una colección como la del Externado de Colombia, gestores culturales que, de forma casi milagrosa, crean grupos de lectores de poesía en regiones apartadas, pequeños editores que se arriesgan a editarla, casas de poesía y una que otra revista especializada… Pero esas manifestaciones, casi todas debidas a esfuerzos de individuos o pequeños grupos, son tan sólo prueba de que la poesía ni ha muerto ni morirá, de que siempre habrá un pequeño ejército de cultivadores de este género y de seres que sienten la necesidad de expresarse en su particular lenguaje.

Si vamos un poco más lejos, sin embargo, vemos que las cosas no son tan halagüeñas: la editorial Norma, que tuvo una espléndida colección bellamente editada, la terminó abruptamente hace ya mucho. También cerró la suya la Universidad Nacional. Y lamentablemente el Estado no publica, desde hace años, una colección con la obra más importante de los poetas muertos. Un sondeo rápido nos revela, además, que en la escuela una mayoría de maestros sólo acerca a sus estudiantes a la poesía haciéndoles contar sílabas y nombrar figuras; que muchos padres creen que leer poemas es perder el tiempo; que una cantidad enorme de narradores, de historiadores, de psicólogos, nunca transitan por sus territorios; y que un montón de gente cree que hacer poesía es escribir palabras bonitas, y no lo que en verdad es: una manera de acercarnos al mundo por los caminos del pensamiento simbólico, haciéndonos sentir y ver realidades que otros lenguajes no permiten. “La poesía de un pueblo toma vida del habla y a su vez le da vida: representa su expresión más acabada de conciencia, poder y sensibilidad”, dijo acertadamente T. S. Eliot.

Y no se crea que ingenuamente yo espero que a todo el mundo le guste la poesía, porque tampoco a todo el mundo le gusta el fútbol o el cine o el sushi. Sólo me duele —tal vez, ahí sí, ingenuamente— de que desde los escenarios que debieran propiciar su descubrimiento y su aprecio se haga tan poco por ella. Por fortuna, internet aparece cada vez más como opción divulgadora de la poesía. Mientras los medios tradicionales se desentienden de ella, y la escuela le teme, allí, al alcance de un clic, podemos encontrar tanto a Quevedo como a Wistawa Szymborska.

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